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September 22, 2015

Fotografías. {Español y Inglés}

Flickr/Camilo Rueda López

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Parece que el tiempo estuvo girando sobre sí, en una escalera agotadora, oscura y desgastante que no tenía fin.

Fotografías lúgubres acechando en cada esquina, el humo de la mirra, la ventana oscura, las cortinas abiertas a las nueve de la noche, en la mitad del invierno. La sangre derramada en la cama, en la almohada, en el piso, en el hospital, ese lugar en que se respira gris, donde las personas son cuerpos que rara vez tienen algún ápice de luz en sus ojos.

Los escalones estaban resbaladizos, húmedos y manchados. Los cuadros se derrumbaban sobre mí. Sólo podía pensar en el dolor, en cuánto tuviste que soportar, y se retorcía mi alma, inquieta e incrédula, resistiéndose a escuchar las historias de esas fotografías cayendo, cayendo con su brusco peso en mis espaldas, obligándome a caer, violentamente, inevitablemente, quebrando mis vértebras, ahogando mis fuerzas.

“No soy fuerte, no soy capaz, no puedo resistir más. Este cáncer me ha matado a mí también,” pensaba mientras caían marcos, ladrillos, clavos y estúpidas fotografías que continuaban en mi persecución. Las paredes se derrumbaron, los vidrios explotaron y me hicieron caer y rodar, una y otra vez, hasta el suelo, al inicio de la escalera de la oscura torre, donde había comenzado esta huida, donde había caído ya tantas veces.

“Ya no me resistiré más. No voy a tomar este camino otra vez,” me repetía a mí misma mientras intentaba apoyar mis manos heridas por vidrios y piedrecillas. Me quité los marcos y cuadros de mis espaldas y miré hacia arriba. Aún quedaban algunos recuerdos colgando, y seguían cayendo y quebrándose a mi alrededor. Tomé una fotografía, y tosiendo y estornudando por el polvo que se iluminaba con un rayo de sol desde allá afuera, y la quemé.

El fuego tiene un extraño poder—transmutaba esas imágenes horrorosas en bellas y mágicas chispas que flotaban en el aire. Prendí fuego y el incendio fue imparable. Como si hubiesen tenido aceite, como si la furia de mi alma fuese combustible, quemé esa maldita escalera llena de imágenes espantosas.

La alquimia las alzaba hacia lo alto, convertidas en polvo y gases multicolores que me elevaron lentamente, como un incienso mágico y poderoso. Y mientras flotaba, las llamas acariciaban mis pies, y mis manos poco a poco alcanzaban las paredes más altas.

El fuego crecía vigoroso, y en una ruidosa y colorida explosión fui expulsada fuera y lejos de esa torre oscura, donde había permanecido por años, privada del mundo que me rodeaba afuera, sin sentir el aire ni la luz del sol.

Flotaba dulcemente, y la vi alejarse mientras se derrumbaba, en medio de las llamas y el humo. Miré hacia adelante y sentí la tibieza del sol en mi caída, las gotas de lluvia, el aire claro y fresco, no me importaba en qué iba a caer.

Era libre al fin.

El mundo que recordaba no era tan hermoso, ni tan grande y lleno de vida.

Caí. Reboté sobre el pasto, y rodé hasta que la inercia me detuvo. Nada me causó ningún dolor, este mundo me recibía con enorme gentileza y bondad.

Me deleitaba viendo el azul del cielo y las nubes blancas cruzando sobre él, cuando oí una voz familiar que decía, “Todo estará bien de ahora en adelante, sólo sé libre.”

Sé libre.

Y eso es lo que hice.

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Relephant:

The Fire of Change & What Gets Burned.

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Autora: Vanessa Castro Espina

Editora: Yoli Ramazzina

Foto: Flickr/Emilio Küffer;  Flickr/Camilo Rueda López

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Vanessa Castro Espina