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November 10, 2015

El secreto que nunca te dije de cuando me quebraste, pieza por pieza.

Flickr/ricardo lago

Tú pensabas que me conocías tan bien, yo también lo pensaba.

Eras inteligente, una de las personas más inteligentes que había conocido—o al menos eso me decías. Cada vez que podías, me mostrabas tu título de Yale; supongo que no es tu culpa que eso me haya impresionado.

Me dijiste que lo único que podía alejarnos eran las mentiras, así que te contaba todo (casi todo).

Te preocupaba tanto que yo revelara cada detalle de mi vida interna que me persuadías junto con drogas.

Cocaína—el principal suero de la verdad. Pero, ¿yo qué sabía? Lo más fuerte que había probado era un poco de marihuana o Bailey’s en las rocas.

Ya como una madre de 45 años, puedo pensar en ti. Escogiste a una chica inocente y quebraste su corazón, reconstruyéndolo, pieza por pieza, a tu conveniencia, solamente para destruirlo metódicamente. ¿Para qué? ¿Para tu propio placer? ¿Por qué estabas aburrido? ¿Por qué estabas mentalmente enfermo? Nunca lo sabré.

La mujer que soy hoy en día desearía poder estar contigo en una habitación; no al que eres en el presente—tú ya no existes, estás muerto—pero al que eras en ese entonces, cuando eras joven, guapo, un hombre fuerte (niño) quien mantenía su narcisismo en el aire y sin ninguna vergüenza, como si fuese una bandera de honor, para que personas tontas, como yo, lo malinterpretaran como una sofisticación, confianza, y como una llamada hacia tus brazos, como si fuésemos a caer detrás de ti y luego te fuésemos a levantar y juntar todas tus migajas.

Eras tan persuasivo con esos ojos de rayos-X y promesas locas.

Me encantaría estar contigo en una habitación, poder verte claramente, y no tener miedo; sentirme fuerte y para nada afectada cuando intentases tocar mi interior y desarmarme con tus herramientas, desatornillando acá, cableando por allá. Quiero ver cómo te desesperas cuando veas que ya no entiendes a ésta máquina—mi corazón y mi mente—y que todos tus trucos técnicos son solamente botones que se presionan ciegamente en algo que ni siquiera sabían que ya había sido inventado.

A pesar de todas esas bolsitas y líneas blancas, éste es el secreto que nunca te dije:

Por más equivocado o enfermo que estuvieses, por más que te haya peleado (o haya pretendido pelear), necesitaba que me apartaras hasta que fuese como una pelusa de lana sin dueño, un retazo, un fragmento volando sin rumbo en una brisa sin sentido.

Si no lo hubiese necesitado, no hubiese cedido a eso. Fue mi decisión, nunca fue tuya.

Lo necesitaba porque solamente ese dolor podía raspar todo lo malo que había en mí. Dentro de mí, todo se encontraba de cabeza y revuelto, tanto así que cada una de mis creencias tuvo que ser desafiada y desestimada para que pudiera iniciar de nuevo.

Me dejaste vacía, me quemaste por completo. Me dejaste como una tormenta deja una choza, destrozada. Y luego, tuve la oportunidad de iniciar de nuevo.

Deje la choza en donde estaba y construí una casa nueva justo encima de esa. Todo era nuevo y brillante y, ya que fue construida sobre varias capas, la base era fuerte. Vivo allí ahora, le he agregado hermosos detalles, no podrás ver ninguno.

Pero no te preocupes, todavía sigues conmigo—enterrado bajo el suelo, no escondido pero sí puesto a un lado. Algo que fue desterrado en el sótano, algo que probablemente nunca me decida tirar a la basura; porque su fealdad me recuerda lo que es la belleza.

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Link del artículo oríginal:

The Secret I Never Told You as You Broke Me Piece by Piece.

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Autor del artículo: Erica Leibrandt

Traductora: María José Barillas García

Editoras: Katarina Tavčar (Inglés) / Yoli Ramazzina (Español)

Foto: Flickr/ricardo lago

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Erica Leibrandt

Erica Leibrandt is a licensed psychotherapist, registered yoga teacher, published author, and imperfect mom. Visit her at PsycheFinder, her new website—the only site that finds your mental health professional for you. You can also connect with her on Facebook, Twitter, or Instagram.